Hoy me he levantado rápidamente, sólo tuve tiempo para ir al baño, lavarme la cara, peinarme, ponerme una camisa simple y comer una manzana como desayuno. Rápidamente bajé las escaleras del edificio en donde vivo, abrí la reja y tomé el primer taxi que dobló por las esquina. Me dirijo al terminal terrestre, estoy algo intranquilo, deseo llegar lo más antes posible pues sé que me están necesitando.
Mientras iba en el taxi, miraba las calles tratando de recordar aquellos bonitos momentos en el que vivía en el campo, grande era mi ilusión al saber que iba a regresar de nuevo al pueblo en donde nací, el pueblo en donde me crié hasta que cumplí los diecisiete años, cuando me vine a vivir aquí, a la gran ciudad totalmente solo y haciéndome un lugar entre tantas personas. Empecé a trabajar en un restaurante, era mozo, recibía los pedidos de la gente y sus propinas cuando hacía una buena atención. Me gustaba atender, me sentía feliz con mi primer trabajo, pero sabía que no podía quedar ahí por mucho tiempo, así que con el dinero que ahorré decidí estudiar un pequeño curso de Escritura durante tres meses. Las clases eran por las noches, aún continuaba trabajando en el restaurante y mi tiempo se podía acomodar entre el trabajo, las tareas y mis clases. Llegaba tarde, cansado e iba de frente a dormir porque sabía que tenía que salir a primera hora para abrir el negocio. Así pasaron los tres meses, terminé el curso y me dediqué a escribir pequeños poemas y cuentos en mis tiempos libres, hasta que un día decidí estudiar la carrera de periodismo, sabía que era una buena opción pues me encanta leer y escribir, es mi verdadera pasión. Ingresé al Instituto Nacional de periodismo, felizmente becado por haber obtenido buenas notas durante el colegio, de algo me sirvió el colegio, y por suerte, conseguí otro trabajo de medio tiempo como vendedor en una librería. Mis días pasaban entre libros, salidas con algún grupo de amigos durante el fin de semana, y tareas. Durante las vacaciones iba a visitar a mis padres, ellos vivían en el campo, sentía mucha alegría cuando veía a mi mamá abrazándome cada vez que me veía llegar sin avisar, y cuando mi padre se sentía orgulloso cuando le decía que estaba estudiando e iba ser todo un profesional titulado. Pero sentía una inmensa tristeza cuando me regresaba a la ciudad, cuando veía sus rostros de nostalgia y sus pequeñas manos diciéndome adiós.
Los años pasaron, me recibí, y empecé a trabajar para un pequeño diario, solía escribir pequeñas críticas hacia los políticos, pequeños informes sobre cultura y demás. Hasta que un día de esos recibo una llamada, era el gerente de un periódico reconocidísimo de la ciudad, el cual quería mis servicios, me contó que había leído varias de mis publicaciones y me ofreció una buena remuneración para que trabajara con él y le escribiera sobre diferentes temas importantes en una página entera. Acepté, y en una semana empecé a trabajar para aquel periódico. Desde ese momento, comencé a disfrutar de una época de prosperidad. El cuarto donde vivía, de forma alquilada, lo dejé, y me fui a vivir a una mejor zona, compré un pequeño departamento en el cual vivo hasta ahora.
En estos momentos me siento desconcertado. Regresar al campo, no creo que ahora sienta la misma emoción que quisiera sentir como la sentía antes, todo, por la noticia que recibí.
Ayer por la tarde como a las cinco recibí una llamada inesperada, al principio no pude reconocer la voz de la persona que me estaba hablando ya que se escuchaba muy apresurada, pero aquella persona si me conocía ya que me llamó por mi nombre, al mismo tiempo traté de concentrarme para adivinar el nombre de esta mujer, pues la voz era femenina.
-¿Señora Mercedes? Le pregunté.
-Sí hijo, soy yo, la amiga de tu mamá. - Me respondió.
Me sorprendí por su llamada. La señora Mercedes, mechita como le decían de cariño por el pueblo, era muy amiga de mi madre, ambas se conocían desde muy pequeñas y se consideraban hermanas. Recuerdo que cuando era muy chico mechita siempre nos traía dulces cada vez que nos iba a visitar, ella misma los preparaba y sentía el olor que salía de su ventana ya que como era nuestra vecina, su casa se ubicaba al frente de la nuestra. Ella era una mujer sola, nunca le vi acompañada de algún señor pero según mi madre ella estuvo con un hombre que lamentablemente murió y no volvió a enamorarse más.
Su llamada era sorpresiva, nunca esperé escucharla después de que la dejé de ver cuando me vine a vivir solo a la gran ciudad. No sé cómo consiguió mi nuevo número telefónico pero a lo mejor se lo pidió a mi madre. Lo que me dijo no lo quería aceptar.
Me contó que mi mamá ha caído mal, está gravemente enferma, dos días antes se había resbalado de una escalera de madera cuando se disponía a limpiar las alacenas que se encontraban muy arriba por encima de la cocina. Quedé preocupado y a la misma vez una tristeza inundó mi alma, no quería ver a mi madre sufriendo por los golpes que se le formaron al momento de caerse. Ella siempre había sido una mujer delicada, por suerte cuando era joven no sufría de enfermedades pero ahora, a sus años cualquier golpe le podría resultar mortal.
Cuando me enteré decidí preguntar también por mi padre, mechita solo me dijo que él estaba bien de salud pero deprimido por ver a mi madre en ese estado. No podía contarme mucho ya que el dinero no le alcanzaba para seguir conversando. Solo me rogó que vuelva al pueblo, mi presencia era necesaria para ayudar emocionalmente a mi padre, él, tanto como mi madre, me necesitaban.
Le prometí que iría pues mis papás eran los más importante para mí.

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